miércoles, 18 de mayo de 2011

BRIOSOS



Los sueños son como caballos salvajes.

Debes subirte a ellos aunque te parezca imposible que vayas a lograrlo, debes aferrarte a las crines de la esperanza y apretar con las piernas del alma la musculatura caliente, latente y resbalosa de la vida.

Vas a caer.

Y los brazos de tu experiencia irán fortaleciéndose para volver a subirte cuantas veces caigas. Para mostrarte que los pocos galopes que logres valen la pena y que la vida siempre será salvaje y que debes perseguirla y correr junto a ella, nunca verla pasar.

Aunque veas a muchos pasearse en cómodos carruajes, sigue corriendo detrás de esos sueños salvajes que te hacen sentir vivo y comparte tu viaje con otros buscadores de sueños que corren tras tu mismo horizonte.





“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. Eduardo Galeano.

jueves, 3 de marzo de 2011

Colores primarios



Un paso firme me mete entre las calles, las veredas de Tucumán son un gran collage de formas y geometrías; algo accidentadas y traicioneras para los desprevenidos. Algunos porteros riegan la tierra oscura que las brisas nocturnas repartieron en sus territorios. El agua toma ese tinte marrón y se desliza por las aceras como una pincela cargada, para diluirse entre las ruedas de los autos que salpican su liquida y efímera existencia, para así crear en el pavimento un Pollock que en pocos minutos se convertirá en vapor.

Salto estos minúsculos ríos y me interno en la cubista arquitectura de la nueva ciudad que crece devorando los bellos edificios antiguos, para darle paso a las “Bienes Raíces”, cada vez con menos raíces.

El cielo de esta mañana es celeste.

Una mezcla de cian puro con un pequeño toque de blanco de las pocas nubes que lo matizan, como la espumita de las tacitas de café que la gente bate entre las mesas de los bares, donde las historias personales comenzaran a tejer el variado collage de personas que forman el fondo expresionista y mágico por donde cruzo todas las mañanas buscando internarme en mis realidades, mientras cierro despacito el cofre sensorial de mis pensamientos y las imágenes se acomodan como un libro en mi memoria.

Los mendigos, los perros y las protestas callejeras contra el gobierno, contrastan sus urgencias y forman un Guernica de lamentos sin color que el sol matiza entre las bocinas de los autos que serpentean para buscar el escape de las arterias invadidas.

Sigo caminando. Lento.



Me acuerdo de una frase de Atahualpa Yupanqui, “el hombre que camina lento, le galopa el pensamiento”. Los pasos se vuelven pinceladas en este paisaje. Buscan, recorren, arrastran sus tintas de rutina entre los colores de vida de miles de personas que no imaginan que en mi recorrido, voy bocetando mis fantasmas, mis imágenes, mis sueños, mis obras.

Pasó el día.

En mi retorno vespertino, el sol va terminando su elíptico paseo para recostarse detrás de los cerros y la ciudad se llena de sombras estiradas que juegan con las botellas y bolsas de plástico que la gente arroja sin imaginar que sus acciones en algunos museos serian la selección del jurado más exigente. Busco separar mi pensamiento del abandono de la belleza y miro hacia los cerros. Los colores que el sol regala en su agonía demuestran que hasta en las diferencias más radicales está escondido el hecho estético. El día y la noche, quizás la más notable dupla del contraste chocan su prologo y epílogo con un espatulado de azules, rojos y amarillos, que poco a poco esfuman su danza impresionista con fondos que oscurecen lentamente para derramar un salpicado asimétrico de estrellas que las luces urbanas se ocuparan de borrar de la mirada humana.

Llega la noche.

Hace un racimo de días que no pinto. Luego de alimentar a los buitres que baten sus alas sobre mi costo de vida y la de mis hijos, veo nuevos atardeceres con mis descansados pinceles. Pero el Arte no conoce de inflación ni subsistencia y se abre camino en cualquier papel, en las manchas de humedad de este febrero lluvioso, en las nubes, en la vida.

Vuelvo a sentirme el niño de ocho años que se negaba a dibujar en la escuela, porque no tenía los crayones y las temperas que los demás malgastaban haciendo círculos vacíos de vida y que generaba los reproches de mi madre ante los maestros, que nunca entendieron sus primeras revoluciones.



“La riqueza, como la libertad, vive en el hombre, y tiene por causa al hombre. En el hombre está la mina, no en el suelo. El suelo puede estar lleno de oro: allí se quedará si falta el hombre capaz de explotarlo”.

(Juan Bautista Alberdi)

jueves, 20 de enero de 2011

Los pies en la tierra



Anoche hubo tormenta.

El ficus del patio yace recostado entre los charcos, como reclamando una nueva maceta que le banque su natural crecimiento y así no caer arrastrado por los vientos arremolidados que pogean sus hojas hasta derribarlo.

Parece descansar.

Imagino las vidas de las personas como las plantas de mi pequeño y nómade jardín. Cientos de sueños humanos plantados en macetas de distintos tamaños, buscando llegar a la tierra del éxito donde estirar sus raices. Mientras los gobiernos van arando la tierra que no toca en partes iguales nunca, muchos estiran sus enredaderas sin límites y la mayoria sufre la poda de sus sueños con la ilusión de que alguna vez el recipiente se rompa, permitiendoles llegar a esas parcelas abonadas para los elegidos.

Levanto la vista y veo los enormes edificios que me rodean, un invernadero de vidas embutidas en paredes que guardan ilusiones, infiernos y cielos. En esta jungla de cemento el ecosistema funciona y sus enredaderas de historias forman su jardín de especies variadas.

Cada uno nace y germina con sueños e ideales y según donde le toque recibir los rayos del sol de la suerte, depende de cada uno como va estirando sus ramas en esta biosfera de vidas que de a poco se va olvidando que todos formamos al mismo bosque y merecemos la misma lluvia.

En este mundo de individualismos donde cada uno cuida de su parcela y si puede le hace sombra a los que intentan crecer desde el suelo, nos vamos quedando aislados sin darnos cuenta que cuando el viento sople no habrá nadie que nos sostenga para volver a brotar a pesar de las caídas.

Somos parte de un todo… (y no nos damos cuenta).



(Dedicado a mi madre en su cumpleaños y a su amor por las plantas)