viernes, 6 de noviembre de 2009

Pintar hasta que duela



Buscar espacios de tiempo para pintar es casi una ilusión cuántica. El cansancio diario de ganarse el pan con el sudor del cerebro agota las fuerzas mentales y físicas. Como los animales de un zoológico, uno lleva la selva por dentro.

La noche trae calma.

A mis espaldas suben los duendes que habitan mis silencios. El cansancio es como una caída inesperada, como un golpe de sombras. En este camino acelerado de la vida, pisar el freno precipita un choque en cadena de responsabilidades y futuros inmediatos que me hacen mirar los retrovisores de la angustia muy seguido.

Parar. Respirar.

Suelto de mis hombros los morrales de mil pasados que como jinetes fantasmas cabalgan en mis arterias, buscando en los rincones instalar sus campamentos de memorias y sitiar cualquier avance personal. Peregrino avanzo sin miedos hacia el lienzo nocturno que me espera. Mudo, pálido, cómplice.

El alma extiende sus alas, lo imaginario rodea el aire. El mundo, los mundos han quedado muy atrás. La noche embarazada de minutos congelados por cada pincelada, me recuerda con dolores físicos que mi espalda tiene límites humanos.

Sigo.

Cual Ulises atado al mástil de su barco, avanzo en la tela escuchando el canto de las sirenas que nadan en los líquidos colores de mi mesita de pinturas. La imagen, misteriosa empieza a tomar posesión de su territorio conquistado. Los balcones de mis parpados son visitados por suicidas gotas lagrimales que anarquistas saltan al ver como las emociones que me acompañaron durante el día, acaban de tomar forma y color.