lunes, 18 de mayo de 2009

Los Marios



Un 1º de enero del 71, Mario miraba el agua del Paraná mientras las dársenas transpiraban las últimas gotas de los cargadores. El río marrón parecía invitar a su húmedo patio en estas tardes de enero cuando el sol y sus kamikazes rayos se tiran en picada sobre las cabezas. Cual Ulises atado al mástil, Mario parece haber sentido el canto de alguna sirena, algún insensato llamado interior, o sólo el calor y este paisaje tan diferente a su Tucumán lo tentaron a desafiar al gigante de brazos profundos.

Era valiente.

Tal vez estar frente a su futura familia política le obligaba a pagar la dote imaginaria de valor y locura que toda mujer espera de su compañero. Sin pensarlo salto a los brazos hídricos de la fortuna, sin pensarlo. Pero un tucumano de llanuras verdes, de lapachos y naranjales, no conoce de zonas de descargas pluviales y lechos de ríos tramposos, de fantasmales remolinos que abrazan hasta dormirte, hasta robarte el alma.

Era valiente.


Pasaron cinco días hasta que las sirenas imaginarias decidieron dejarlo escapar, sin vida, sin alma.

El 18 de mayo del 72 al medio día, desde los remolinos acuáticos de un vientre la vida se tomaba revancha. Iba a ser la nena que tanto esperaban, la parejita para equilibrar el trono que el primogénito ostentaba desde hacía un año y medio.

Todo estaba listo, “la ropita y las mantitas rosadas anidaban la cunita”.

Pero hace 37 años no había ecografías que develaran el inmediato futuro de la criatura esperada. Un comité de comadres y adivinadoras habían sentenciado mediante extrañas maniobras con agujas suspendidas sobre las manos de la madre que “la niña” llegaba.

- ¡Un varoncito señora! – Dijo el médico.

Mientras las vecinas adivinadoras cerraban sus persianas, los desprevenidos padres miraban en cámara lenta como la sala se llenaba del llanto primario del inesperado invitado a sus vidas.

Siguiendo el protocolo la partera pregunta por el nombre de la criatura… un silencio cruzó el aire como un ángel aleteando su primer vuelo.

- ¡Se llamará Mario! …como su tío. (El valiente).

Seguramente el Paraná en ese momento debió agitar sus aguas al sentir que no pudo tragarse del todo una existencia, un alma, una pertenencia, un recuerdo.

Nacer de nuevo.

Pedro Mario Albarracín jamás pudo alzar en sus brazos a su sobrino, al inesperado, al que no sólo heredaría su nombre, sus sueños… y según dicen sus amigos su forma de ser… “libre”.

2009/// Hoy está haciendo frío en Tucumán, la imagen del caluroso día en el Paraná parece una diapositiva borrosa en mi imaginación, las ausencias revolotean entre llamadas de amigos y familiares, miro al futuro. De pronto el porvenir me parece ese río marrón que tienta con sus lenguas de misterio y meto los dedos en las valijas de mi herencia genética para ser ese Mario que nunca conocí: “El Valiente”.



Otro Mario, universal y eterno.

jueves, 7 de mayo de 2009

(allá atrás)

(Para los que no pudieron ir:
Los textos del catálogo)



Para entender el destino hay que mirar atrás, meter los dedos debajo de la piel de tu propia vida, intentar volver a sentir tu historia.

Cuando era un niño muy pequeño tenía muchos sueños que lejos estaban de ser un pintor. Dibujaba cohetes con carbón en la calle porque quería llegar a las estrellas como los astronautas, luego el rocío y los camiones cañeros que rompían el nocturno silencio raleño se encargaban de borrar su efímero vuelo. Tiempo después iba a darme cuenta que salir de un pueblo para estudiar y buscar tu futuro era tan difícil como llegar a la luna. Imagino que llegar a la luna alguna vez debe haber sido solo un sueño.

La vida me llevó por caminos muy alejados al Arte, con realidades diferentes a las de mis sueños, pero siempre hubo personas que mantenían mis dibujos jugando en los rincones de mi crecimiento. En algún lugar deben andar mis libros de Julio Verne, mis gordos diccionarios, mis cómics, mis exámenes de matemáticas con sus problemas totalmente ilustrados que nunca logré recuperar de mi profesora y primer coleccionista.



Quizás pasaron muchas cosas en mi vida que no atrajeron mi atención, pero pasaban para que yo crezca, para que aprenda. Cuántos kilómetros habrá recorrido mi cuerpo y mi cabeza mientras viajaba a buscar mi porvenir. Cuántas personas al azar se cruzaron en mi vida formando mi educación, cuántos errores cometí para saber que la experiencia es sabiduría, cuántas veces me pensé vencido y me di cuenta que en este mundo se muere y se nace muchas veces.

Una sucesión de inevitables acontecimientos, sutiles energías y personas irremplazables, forman parte de lo que hoy muestro, mi técnica es un collage de vidas ajenas que forman mi universo y ocupan los rincones de mi propia vida. Un resultado alquimista.



Me acompañaron siempre en mis aventuras, un caballero de la mancha, un gaucho de nombre Martín y un soñador que se llamaba Ernesto. Su espíritu y sus valores me demostraron que yo solo no era nadie y que el hombre se forma de tesoros inmateriales que debe adquirir durante toda su vida y devolverlos para hacerlos eternos.

Hoy cuando pinto, siento las mismas sensaciones que tenía cuando niño, me invaden muchas emociones que seguramente salen de mi alma para conectarse a mi mano, las imágenes asoman desde mi interior como un tesoro bien escondido, de pronto la tela parece el patio más grande donde volver a jugar libremente.

Si no hubiese vivido cada momento que viví, tal vez mi obra sería distinta, quizás el destino me hizo tomar el camino más largo, para un niño que no soñaba ser artista. Nació artista.


Camila y Samuel cerrando la muestra con música